lunes, 9 de enero de 2012

Cruzando la linea.


Fue pestañeando. Ahí fue. En un instante efímero hablando de la relatividad del tiempo. De eternidades en un instante. De millones de imágenes y sonidos apelmazados, trabajados por el neocortex, condensándose en un segundo que parece una vida. En una vida que parece un segundo.
Volví allí, al mundo del ócaso. Miré a mi alrededor y ya no estaba recostado en el sofá mirando mi reflejo en la pantalla del televisor. Ahora al frente solo había una larga estepa bañada por el sol del atardecer.
Me entretuve mirando como los destellos de luz se entremezclaban y jugaban con el trigo de aquel campo inmenso e inabarcable hasta que una mano amiga se posó repentinamente en mi hombro derecho sacándome del ensimismamiento. Era él, de nuevo conmigo.
Miré a mi lado y también allí estaban todos observándome sonrientes. Mi familia. Mis amigos. Los que están ahora y los que estuvieron antes. Todos ellos sonrientes, bañados por una calma que no era de mi mundo, ni de ese, ni de ningún otro mundo imaginable.
Aquello no era el presente. Era mi pasado. El día que crucé la linea y comencé a andar.
Dicen que el hombre pierde su infancia cuando comienza a preocuparse por su futuro, y es cierto; fue esa linea.
Pero esta vez era diferente. Le eché un rápido vistazo a mis manos y eran las de ahora, no las de aquel chico regordete que se sentaba en primera fila en el instituto, que leía Tolkien en las clases de Gallego y se dormía en la de Inglés.
No. Ahora era yo. Con 21 años y toda una nueva vida por delante que comenzará en el instante que cruce de nuevo esa linea.
Y ya no tengo razones para no hacerlo. Vamos.

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