miércoles, 31 de agosto de 2011

No dejaré.


No dejaré que ningun segundo más de tiempo reste mi vida con la certeza de no haber sido consciente de que la estaba viviendo.
Nunca dejaré que una lágrima caiga por desaliento, derrota o la sensación de no haberlo intentado.
Ahora, en esta habitación que fluye a traves del tiempo pero aislándonos del exterior podemos abordar nuestros corazones; soy consciente de mi vida y de la suya, unidas desde hace tiempo por el cariño y las derrotas y victorias que desembocan en un lugar incierto pero seguro. Y con él aquí no puedo dudar.
No huiré de mi mismo nunca más y lucharé contra mis miedos. El mejor lugar para quedarse es uno mismo.
No me olvidaré de quien soy ni aunque la humanidad se pierda en el olvido de sí misma.
Siempre caminaré hacia delante. Siempre.

lunes, 29 de agosto de 2011

Creo en la música.


Quizás sea el grito silencioso, bello y apagado de nuestra generación.
La belleza camuflada en sonidos y armonías, disparos de flores hacía lo más profundo del espíritu.
Como las gotas que corren por el grisaceo cristal corren las lágrimas por las mejillas.
Ilumina, te hace recordar. Te enseña a quererte y no olvidarte.
Y cuando quieres darte cuenta estás flotando y existiendo. Dejándote llevar por la música que amas y has encontrado y que ella, sin darte cuenta tú, también te estaba buscando.
Ahora ves el sendero iluminado. Un camino que nunca habías visto antes pero que sabes que ahí estaba. Y tienes toda la fuerza en tus piernas para recorrerlo.


jueves, 25 de agosto de 2011

Explosiones en el cielo.


Aunque no puedo ver.
Aunque no puedo sentir estímulo externo más allá de la música. De esa música.
Cuanta belleza encerrada en unas notas y cuanta liberada en mi pensamiento.
Los recuerdos suceden rápidos, los veo pero no puedo pararme en ninguno; en cambio el futuro, lo que vislumbro, lo que mi razón asimila como momentos vítales de lo que está por llegar aparecen con claridad y nitidez.
No duelen, incluso las verdades que deberían hacer daño.
Allí no, en ese lugar oscuro y luminoso, en ese rincón al que accedo antes de dormirme.
Justamente es en aquel espacio sin tiempo donde soy libre y veo, siento, existo.
Aunque no hay ninguna luz material que ilumine.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Recuerdos no vividos.


Ahora la vida se reduce a la supervivencia, no queda nada de la energía de los 60. Ese fue el error fatal de Tim Leary, vendió la idea de la expansión de la conciencia, sin pensar en la sombría realidad que le esperaba a toda la gente que le tomara en serio. Esos pobres llenos de acido que creían que podían comprar paz y entendimiento a tres pavos la dosis. Pero sus pérdidas y errores son también los nuestros. Leary derrocó la ilusión en una forma de vida que él ayudo a crear, dejo una generación de buscadores de la verdad. Que nunca entendieron la falacia mística de la cultura del acido, la suposición de que alguien, o al menos alguna fuerza, mantenía la luz al final del túnel...

martes, 23 de agosto de 2011

Volver.


Me aferré a la idea de poder volar. Llegué a convencerme que ya no estaba aquí.
Odié el mundo, la vida y la existencia terrenal.
Toda aquella luz tan pura y tan nívea fue desapareciendo dejándo poco a poco una ligera amargura en unas retinas que fueron desgastándose.
La esperanza, lo que yo creía como real, todo aquello que sentí, amé y viví habían dejado de tener valor. Eran leyes infundadas, invenciones de miles y miles de acontecimientos concadenados que formaron mi ego. El ego de todas aquellas personas que se cruzaban conmigo por la calle e intercambiábamos miradas; observaban desde el desconocimiento, desde la incertidumbre. Desde el miedo.
Algo carente de valor. Algo que no era mío. Debía desaparecer para volver a nacer.
Seguí buscando ese sentido, más no lo encontraba ya. Estaba demasiado elevado, no podía volver. No quería volver. Más debía volver.
Sentir de nuevo el suelo bajo la incertidumbre de si es o no real. Dejar de preguntarse a si mismo que importa y que no.
Que está bien y que está mal.
Volver a dejarse llevar. Volver a nacer y empezar otra vez.

sábado, 13 de agosto de 2011

Mi primer poema, de Pablo Neruda.

Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban... Los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos.
Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro.
Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos.
Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur.
Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. El nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y le indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces de sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.
Así cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.

viernes, 12 de agosto de 2011

El filo de lo real.


Desaparecí.
Mi cuerpo poco a poco tornaba más y más grisaceo.
Me daba cuenta como lentamente mis miembros comenzaban a hacerse más transparentes; al principio intenté luchar contra la idea de irme para siempre. De perderme en medio de un oceano desconocido donde no podía respirar, donde mirase a donde mirase solo veía miedo y sentía frío y oscuridad. Lo sentía, se acercaba. Era pura ansiedad materializada en espamos y tiritonas.
Cuando me percaté que no había marcha atrás, algo dentro de mi, quizás la última gota de esperanza que almacenaba mi corazón me dijo que me dejase llevar. Que cerrase los ojos y me recostase. Oí su voz entre toda aquella inmensidad.
Que no tuviese miedo, que simplemente observase y sintiese, que ella estaría ahí guiándome como antes de que se fuera. Y aun sin saber muy bien porque, mecido por la paz que siempre otorga su voz, decidí acercarme a ese basto mar, decidí lanzarme al filo de la realidad; alejarme del mundo. Lejos de toda atadura corporea floté hasta terminar en aquel vasto oceano del que tanto había leído y siempre me había maravillado.
Jirones de sentimientos iban y venían desmenuzando mi ego para finalmente hacerlo explotar en un universo perfecto de colores, esperanzas y recuerdos.
Aquellas aguas batían deprisa, debía ser rápido y observar, sentirla, no parar de mirar a aquel espectaculo de pura sinestesia y pasiones a flor de piel.
Cuando comenzó a llover comprendí que era mi cuerpo ahora emocionado en aquel sofa que se me antojaba tan lejano. Un mundo donde ahora no quería volver ni sentir cerca.
Un mundo al que ahora comprendía con muchísima más tolerancia y mucha más melancolía.
Pero la supuesta realidad me reclamaba mientras su voz susurraba para mi que debía irme de nuevo, que no podía quedarme para siempre con ella allí, en aquel lugar sin tiempo. Que la hora del reencuentro aun debía esperar.
En vano intenté luchar contra aquellas olas cada vez más fuertes, nadar contracorriente e intentar alcanzar la orilla. Pero fue imposible, ella esperaba sentada en la arena y me dijo adios de nuevo. No podía soportarlo más.
Me dejé vencer mirando a aquel cielo que ahora se desquebrajaba mientras un sonido de piano reconocible me volvio a confirmar que había vuelto y que aquello había sido real.

domingo, 7 de agosto de 2011

Un paso más.

Es extremadamente irónico el final del viaje espiritual, cuando cada vez sientes más el miedo a que se rompa todo, cada vez sientes más el ansia porque se arregle todo, y cada vez te das cuenta a más velocidad de que todo se rompe y se arregla infinitas veces por instante.
En ese momento puedes comprender esto. Todo esto.
Que esto es eso y aquello, y que antes de serlo ya lo fue porque lo será. Sin el tiempo no hay nada. Y sin nada, tampoco hay tiempo. Por eso todo se puede comprender cuando comprendes que no es nada, y entonces comprendes que es exactamente eso: nada. Todo es exactamente nada.
¿Qué es lo que hay en el vacío a parte de tu realidad?
No es ella, tu realidad, la realidad de tu tiempo y de cada instante de ese tiempo y espacio imaginado por y para ti, parte del más absoluto y eterno vacío.
El vacío lo comprende todo. Por eso tú puedes comprender esto ahora, porque no eres nada ni nadie...
Sólo vacío.