domingo, 13 de junio de 2010

[Into the wild]

Algunos viven sin motivo.
Están en el mundo sin replantearse el porqué de sus pasos y el esfuerzo que supone encontrarse en algo tan vasto e inmenso.
Sienten a veces, otras simplemente se limitan a dejar pasar el tiempo sin más preocupación.
¿Y sabéis que?
Les envidio.
Envidio la capacidad de ser escéptico, esa de la que tanto carezco.
El poder torcer la vista a los problemas, el tener esas duras barreras que como si de anticuerpos se tratase rechazasen el miedo y la realidad de una forma automática.
Lamentablemente, yo no tengo esas cosas.
Desde que he nacido, con mis primeros pasos en este mundo tan incierto he sabido de antemano que lo iba a pasar mal, y también que los buenos momentos serían una explosión de calor y pasión dentro de mí.
No me equivocaba.
Y el mundo aun no me ha dado, tras 20 años de lágrimas, risas y mucho sufrimiento la solución a mi interior.
Pero sin duda algo me ha enseñado: que hay cosas que, por nimias que sean, pueden cambiar completamente el curso de las cosas.
He ahí cuando todo se desvanece, cuando la luz torna oscuridad y hay que saber adaptarse, ser rápido.
Todo se ve de otra manera cuando la tempestad te lleva lejos, cuando las personas que siempre han estado, en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, dejan de estar.
Desaparecen como lágrimas en la lluvia y se mezclan entre los otros muchos pensamientos que tranquilos reposan en un rinconcito profundo de tu alma, que te dicen lo que has sido, ayudante a ser, y preparándote para el día nuevo que pronto comenzará, un día que no sabremos cómo terminará.
Pero si como puede empezar.
Hoy empieza el primer día del resto de mi vida.

miércoles, 9 de junio de 2010

[Están los que...]

Están los que llevan amuletos, los que hacen promesas, los que imploran mirando al cielo, los que creen en supersticiones y están los que siguen corriendo cuando les tiemblan las piernas. Los que siguen jugando cuando se les acaba el aire,los que siguen luchando cuando todo parece perdido, como si cada vez fuera la última, convencidos de que la vida misma es un desafío.
Sufren, pero no se quejan, porque saben que el dolor pasa. El sudor se seca, el cansancio termina, pero hay algo que nunca desparecerá: la satisfacción de haberlo logrado. En sus cuerpos hay la misma cantidad de músculos, en sus venas corre la misma sangre, lo que los hace diferentes es su espíritu, la determinación de alcanzar la cima.
Una cima a la que no se llega superando a los demás, sino a uno mismo.