miércoles, 28 de abril de 2010

[Obteniendo respuestas]

Enialis alzó su vista al cielo, a la inmensidad de aquella imponente montaña donde sus cumbres eran bañadas por las nubes y se perdían en el horizonte de su mirada, en tierra de Dioses.
Él sabía que en lo alto de aquella creación gargantuesca de la naturaleza existía un templo de tiempos inmemorables, donde los más poderosos en los primeros días de nuestra tierra habían encerrado en sus puertas el sentimiento tan ansiado por el hombre: la felicidad.
Y allí había permanecido durante el transcurso de los siglos, viendo impasible como tantos hombres escalaban las duras y escarpadas piedras de la montaña con la esperanza de llegar a sus misterios y a su enorme poder.
Nunca nadie tuvo el valor, la fuerza de voluntad para soportar la dura condición de la montaña, la cual no parecía tener fin.
Muchos regresaron exhaustos, abatidos por el esfuerzo, otros simplemente jamás volvieron. Nunca nadie había logrado desenmarañar los secretos de tal poder, el cual comenzó a perderse con el transcurso de la historia, y los hombres desmoralizados antes las múltiples leyendas que se contaban de reino en reino escritas con la pluma del que nunca logró llegar a la cima, perdieron ya toda esperanza.

Él había recorrido las largas estepas de Hër, había lidiado contra seres provenientes de las zonas más oscuras del mundo conocido y del que la mente humana jamás ha llegado ni llegará a conocer, también amó hasta olvidarse de quien era, perdió todo lo que tenía y volvió a sentir la luz con el transcurso del tiempo y ahora, tras años y años de infinitas aventuras, con la carga del que se ha atrevido a cruzar los muros del mundo y ha vuelto para caminar con mayor firmeza, tiene ante sus ojos una nueva misión, alcanzar la cima de aquella montaña.

Llovía y hacía frío, más aquello no era un impedimento para él.
Dejó todo objeto de peso en la silla de Fëasul, y habiéndose mentalizado mientras la lluvia sacudía sus ropajes, comenzó a escalar al ritmo de los truenos que se escuchaban en la lejanía, semejando el repiquetear de un herrero dándole aspecto a una espada en la fragua.
A medida que ganaba altitud y perdía de vista el suelo, su mente comenzó a nublarse debido a la presión materializándose el dolor en forma de punzadas en sus sienes.
No titubeo y siguió subiendo.
Transcurría el tiempo y aquello no parecía tener un final, y, en una especie de pequeña cueva escavada en la roca de la montaña, descanso un rato.
Apoyado, observando los girones de nubes que iban y venía movidos al son del viento, las gotas de lluvia que caían sin preocuparse de la desaparición inminente a la que estaban condenadas... cerró los ojos e intento entender aquella extraña situación de alcanzar algo tan inmenso como el concepto de ‘’felicidad’’.
¿Toda su vida había estado guiada por ese supuesto sueño que él mismo y otros muchos más humanos se habían marcado?
¿Era eso lo que no podía dejarle respirar en tantas ocasiones, el buscar algo tan grande?
En ese momento comprendió miles de cosas.
Que la vida no consiste en perseguir sueños, sino en ponerse metas.
La diferencia no es que las metas sean cosas lógicas y los sueños desvaríos de un soñador, sino que a las metas llegarás algún día, mientras que a los sueños, jamás se llegarán.
Poco a poco comenzó a escampar, y él, sonriente, pletórico y lleno de la melancolía que provoca el darse cuenta de estar creciendo como persona y ver lo que has dejado atrás, comenzó a descender de aquella empinada montaña y a proponerse metas más sencillas, más humanas.
Fëasul seguía allí abajo, esperándole.
Volvió a enfundar su hierro, y con una gran agilidad montó y espoleó al caballo, partiendo de nuevo a casa.

martes, 20 de abril de 2010

[Busco]

Las losas de aquella solitaria plaza hacían reflejar las luces de las farolas, que, entristecidas y desparramadas distraían la mirada de aquella triste alma que no encontraba el consuelo ya en ninguna parte.
Harto ya de llorar, con el corazón seco y los sentidos apagados permaneció en silencio intentando ordenar una mente que desde hacía mucho tiempo ni el mismo entendía, que desde días atrás había decidido abandonarle y dejarle en soledad, en la más absoluta tristeza.
El mundo no podía comprenderlo y él no podía hacer otra cosa que limitarse a sentir el malestar que en oleadas de dolor subía por su espalda y apretaba su pecho, ahogándole.
No encontraba refugio entre aquellas piedras, la magnificencia de la catedral no hacía nada más que juzgarle, mirarle severa aplastándole lentamente mientras él se lamía las heridas y su cerebro buscaba un consuelo posible entre alcohol, la soledad de la calle y el desconcierto del caminar sin tener a donde ir.
Miles de pensamientos se apelotonaban en su mente, más el ya no tenía las fuerzas para verlos ni revisarlos, simplemente los dejó pasar, estaba harto de tener que coger cada cosa como un niño, darle vueltas y vueltas sin llegar a ningún lugar más que al rechazo de los que le rodeaban.
Porque el si de algo era consciente era que siempre, de una manera u otra, acabaría solo.
Sin el abrigo de nadie más que de aquel capaz de ver su corazón, soportar sus problemas y no titubear con los suyos… y jamás encontraría a nadie así.
Lentamente se levantó, y, mirando los jirones de nubes que parecían bailotear entre las torres de aquel antiguo edificio dándole un aspecto siniestro, emprendió camino a no sabía dónde, en silencio consigo mismo, en busca de una señal.

sábado, 17 de abril de 2010

[Seras un hombre...]

''Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza
Si sabes esperar y a tu afán poner brida
O blanco de mentiras esgrimir la verdad
O siendo odiado, al odio no le das cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad

Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
y los tratas lo mismo como dos impostores.

Si puedes soportan que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados.
O mirar hecha trizas tu adora quimera
y tornar a forjarla con útiles mellados.

Si todas tu ganancias poniendo en un montón
las arriesgas osado en un golpe de azar
y las pierdes, y luego con bravo corazón
sin hablar de tus perdidas, vuelves a comenzar.

Si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlo cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice adelante.

Si entre la turba das a la virtud abrigo
Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
Si eres bueno con todos pero no demasiado

Y si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más serás hombre hijo mío….''

viernes, 16 de abril de 2010

[Un nuevo amanecer]


Se desangra mi alma ante la incertidumbre del mañana.
Desesperado busco en mi entorno más nada hallo, tan solo la normalidad a la que tan acostumbrado estoy, y no me sirve.
Observo a través del cristal de mi vida y veo un futuro más claro, en la lejanía de lo inalcanzable cada vez más factible y un final medianamente visible para mis ojos, lejos de aquí.
Quiero aprender a volar bajo, a ras de suelo, y llegar a aquella meta mientras el aire me recuerda de nuevo el sentimiento de la luz del mundo ahora tan distinta a la que conocía, tan apagada y marchita, desesperada y solitaria busca el calor que dejé de darle hace tanto tiempo.
Se pregunta así misma donde estaré, si en el mañana volveré a enriquecerla con mi presencia y la valentía del pasado, menguada ahora por el viento y el destino, los cuales han decidido darme la espalda y dejarme expuesto al frío.
Transcurren los días y conscientemente me olvido de quien soy, más no hago nada para evitarlo. Hace mucho tiempo que las fuerzas me abandonaron y nada ni nadie puede devolvérmelas.
Mis ojos se secaron, y mis lágrimas se niegan a caer de nuevo, darle el placer de beber al suelo trozos de mí. Lo poco que me queda lo llevo bien adentro. Guardado en alguna parte cerrada ahora sí, a cal y canto.
Dime mundo que hago ahora. A quien puedo dirigirme y de donde extraigo fuerzas para poder volver a ver el sol. Un nuevo amanecer donde yo pueda existir al completo.

martes, 13 de abril de 2010

[Sin final]

Agárrame fuerte, vamos, no temas - le decía mientras el ensordecedor sonido de la destrucción cumplía su misión -
Confía en mí por última vez, solo una vez más…

Sus manos temblaban, sus piernas ya no le respondían, pero, aun así, el seguía manteniendo el equilibrio mientras todo aquel mundo cruel y despiadado encontraba su merecida recompensa después de tantos siglos de incomprensión y sufrimiento.
De tanto dolor sin sentido.
De tantas complicaciones adaptadas para satisfacer nuestro cruel apetito de sentirnos vivos.
Aquello se terminaba, era el fin de lo que hoy conocemos como realidad.
Las estrellas brillaban más que nunca en aquella noche sin luna, sin ser necesaria su presencia para iluminar aquel alejado escenario que ahora se desvanecía mientras dos almas antaño unidas por el amor se separaban.
Para no volver.

Había pavesas en el aire que, con el fuerte viento, parecían pequeñas luciérnagas que curiosas danzaban alrededor de aquella pareja entristecida que se decía adiós.
Entre toda la vorágine desatada, Dios quiso concederles un momento de paz y tranquilidad; mientras todo aquello se venía abajo, y ella, decidida en el último momento de consciencia a darle la mano, el cielo se tiñó de rojo y azul, y miles de estrellas fugaces sobrevolaron por encima de sus cabezas tornando todo aquel panorama de la mayor tranquilidad y dulzura que ojos humanos han visto jamás.
Tan solo fue un instante nimio sin importancia para el resto del mundo que veía su fin, pero para ellos fue algo más.
Fuertemente abrazados al fin, sintiendo ambos el calor del pasado, volvieron a confiar en el mundo.
Pese a que el mismo se terminaba.

martes, 6 de abril de 2010

[Que se pare el mundo...]

Llora el cielo melancolía al verla marchar.
Se resiente su alma ante la visión incierta del futuro que se escapa en aquel tren que, raudo, se pierde en la lluvia…
A lo lejos desaparece.
Él, entristecido y abatido, emprende la vuelta a casa observando esas cosas en las que antes jugueteaba su mirada y de ellas hacía una nueva historia que contar.
El reflejo de las luces en los charcos, el sonido de las ruedas de los coches deslizándose por el suelo mojado... su corazón ya no sabía que decir ante los detalles pequeños que el lado bueno de la vida le brindaba.
Hace tiempo que las cosas le tocan, pero ninguna le envuelve.
Todo gira en torno a aquella chica de ojos verdes que, hacía un instante, había puesto su mano contra el cristal con la delicadeza que le caracteriza, como si fuera consciente de que su corazón lloraba soledad en aquel momento al verla marchar. Que chillaba desesperado por retenerla a su lado.
Que tenía miedo de vivir la vida sin su calor.
La calle recibía sus pisadas silenciosas, observando desde abajo la inmensidad del mundo.
Las lagrimas de un chico joven, perdido en sí mismo, en un pasado imposible de borrar, en un amor presente donde depositó todas sus esperanzas sin dejar ninguna para inspirar el aire que cada mañana recibe al abrir los ojos, su condena, al mismo tiempo, su libertad…
Abrió la puerta de su casa y el silencio le recibió con frialdad, con luces tenues que, escurriéndose, llegaban hasta él silbándole al oído miedo.
Y no pudo evitar volver a recordarla mientras sus lágrimas, cada vez más reticentes a caer, se estrellaban contra el suelo.

[¿Donde está la luz?]

Con pesadez, los pedazos de aquella cruda canción caían en su corazón, ahora dolorido y agotado por la cruda realidad, la cual había encontrado el tan ansiado punto débil que desde hacía mucho tiempo llevaba buscando.
‘’Y en sus labios duerme mi libertad…’’
Estaba expuesto al mundo, él era consciente ahora más no quería hacer nada por evitarlo.
Aquel padecimiento tan palpable le rascaba sus sentimientos, le hacía agachar la cabeza y tocarse con fuerza el lugar donde se hallaba aquella triste alma que ahora chillaba mientras cada frase que escupía el reproductor de música le daba cada vez más razones para lamerse sus propias heridas, para llorar penas y vomitar tristeza en soledad.
A veces, se odiaba a sí mismo, a su fragilidad, aquella que tantas veces mostró al mundo cruel y despiadado, a su eterna confianza que desde sus primeros días de razón ya mostró al mundo.
No volvería a dejarse ver nunca más. No volvería a ser de cristal.
A medida que la canción transcurría, su dolor no paró de aumentar.
Más el mundo no le daría el secreto para salir de aquel gélido infierno, todo estaba en su interior, en su mente ahora abatida y reacia a mostrar felicidad sin engañar antes a su corazón…
Pocas veces había engañado a su alma.
¿Sería ahora el momento?
‘’Siempre es mejor morir que perder la vida, es hora de volver rumbo hacia el sol, invéntate un lugar para viajar a lomos de un rallo de luz…’’
Tengo tanto, tanto miedo…

lunes, 5 de abril de 2010

[...]

Durante miles de años los seres humanos hemos podido disfrutar del mejor regalo que los Dioses dieran jamás a ningún ser vivo: la brisa, el viento, el hermano sol y la hermana luna, campos y praderas donde ver crecer a nuestros hijos, amaneceres bañados por el perfume que estornudan las flores en primavera, puestas de sol decoradas con los sueños aun por conseguir, y aunque parezca mentira: inteligencia.
Pero el hombre despreció ese tesoro, y a medida que la vida le sonreía, él le contestaba dando patadas al destino.
Si alguien lee esta carta que no olvide que el fin de esta civilización se debió al egoísmo, codicia e incultura de la raza humana...
Los hombres ya no somos mamíferos, el ser humano no se convirtió en depredador, la raza humana somos simplemente un virus: matamos, crecemos y nos multiplicamos.
Por esos nos extinguimos, por eso las aguas se tragaron nuestra civilización, la verdadera Atlántida éramos nosotros.
Y por eso dejo escrito esta nota para formas de vida inteligente:
Cuando los hombres escupen al suelo, se escupen a sí mismos.

domingo, 4 de abril de 2010

[Enfrentándome al miedo]

Abrí los ojos.
El mundo que me rodeaba había cambiado.
¿Qué eran todos esos tonos grisáceos que ahora asaltaban mis sentidos?
¿Era esto lo que siempre he estado observado?
Caminé, o eso hubiera hecho si no fueran por las cadenas que con fuerza se agarraban a mis piernas y a mis brazos.
¿Qué era todo aquello?
Intenté observar mi entorno. Nada. No vislumbré nada especial sino soledad y tristeza.
¿Así terminaría mis días, atado al árido suelo, expuesto a aquella realidad tan cruel y despiadada que me observaba ansiosa, dispuesta a hacerme daño?
En un primer momento no os mentiré, lloré como nunca antes lo había hecho, destrocé con mis lágrimas el alma que se resentía a morir de pena y melancolía, la bañé con pedazos de buenos y malos recuerdos, maldije el mundo en el que tanto optimismo y esperanzas deposité.
Eso es lo último que recuerdo de aquel triste infierno, después, cerré los ojos y dejé volar mi mente hasta llegar aquí.
Encadenado. Esta vez sin ayuda de nadie.
Será complicado caminar con tamañas cadenas revestidas de miedo y dolor, ardua tarea agarrar la vasta tierra que mis ojos contemplan con estas manos ensangrentadas y doloridas.
Aciago destino el que triste y milagrosamente logré observar envuelto entre las estrellas, ante la atenta mirada del que nunca pudo ver.
Dame fuerzas para romper las cadenas que me atan al vacío de mi corazón.
Fija en mí tus ciegos ojos. Soy todo tuyo, de nadie más.
Dame fuerzas para romper la barrera de mi mente. Para enfrentarme incluso al miedo…

sábado, 3 de abril de 2010

[Celtar y Eni]

La inmensidad del sol, poderosa en su totalidad, hacía relucir su armadura como antaño, como la primera vez que con decidido caminar se había aventurado en el mundo en busca de aventuras.
En la procura de su dragón materializado en forma de miedos, inquietudes, barreras a superar.
Esta vez fue diferente a todas las demás. No hubo lores victoriosos, ni cánticos que resonaron con fuerza en la bóveda celeste mientras los Dioses observaban con inquietud las múltiples aventuras que aquel hombre fascinado por las cosas y su entorno iba a cometer.
El mar resonaba lejano, las aguas se alimentaban de la costa y las rocas, sabedoras y conscientes de lo que en aquel lugar estaba sucediendo.
Ataviado por completo con su viejo equipo, con lo indispensable para emprender una nueva aventura, Enialis miró hacia su hogar melancólico.
Esbozó una sonrisa, tímida, auténtica… jamás pensó que volvería a partir, a exponerse al mundo. La vida entre las llamas del hogar es una vida cómoda, tranquila y segura, pero las cosas no tenían significado con el transcurso de los días, él necesitaba algo enorme con lo que lidiar, con lo que derramar sudor y lágrimas, un sentido mucho más trascendental de lo que podía hallar entre las paredes de casa.
La realidad estaba fuera. Esperándole.
-Eni, ¿estás listo?
El aire sopló fuerte por una nimiedad en el tiempo, trayendo olores dispares de lejanos lugares, la aventura llamaba a la puerta de su alma. Y esta vez no compartiría camino con la soledad.
Celtar estaba allí, con él, dispuesto a soñar como antaño, aquel bribón seguía siendo el mismo, en sus ojos se reflejaba la autenticidad de la amistad, de la constancia.
La profundidad de su alma era grande, sus inquietudes, infinitas.
Se abrazaron con fuerza mientras las lágrimas podían a aquellos viejos amigos de aventuras.
-¿Listos?-dijeron al unísono mientras el pueblo observaba emocionado la marcha de sus hombres más preciados.
-Listos.
Y partieron, no sabían a donde, simplemente se dejaron llevar por el viento y su corazón, marcharon a ningún lugar y al mismo tiempo a cientos. En busca de sus propias gestas.
En busca de aquel enorme dragón que ansioso, esperaba devorar todo lo que se interpusiera en su camino.
Pero Celtar y Eni estaban de nuevo juntos, y ya nada ni nadie podría volver a separarles.